Rutas y Aventura 4X4
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3 Cañones, una aventura donde la Sierra manda

20 y 21 de junio de 2026

Por J.H. Vega

En la cálida mañana de sábado en el pueblo mágico de Bernal la emoción y el rugido de los motores de nuestra caravana 4x4 enciende la adrenalina. A las espaldas de nuestros vehículos, la imponente Peña de Bernal—ese monolito de más de 65 millones de años, testigo de un domo volcánico extinto—se tiñe de tonos amarillentos con los primeros rayos del sol. Ponemos la marcha engranada, ajustamos los radios y salimos en fila india, tras un registro y dar observaciones de la ruta, salimos hacia las alturas de la Sierra Gorda.


Nuestra primera meta es San Joaquín, la catedral del huapango y la puerta de entrada a este laberinto verde. A medida que ascendemos, el paisaje semidesértico de cactáceas y mezquites se transforma de manera radical. Las llantas todoterreno muerden el asfalto que serpentea entre un paisaje de maleza verde que se ha formado con las recientes lluvias en la región, al alcanzar la altura del bosque los pinos y encinos nos envuelven. La geología aquí cuenta una historia fascinante: estas montañas que hoy arañan el cielo fueron, hace millones de años, el fondo de un antiguo mar poco profundo del período Cretácico. La prueba está ahí, grabada en las rocas calizas que forman los imponentes cañones que estamos por desafiar.


Desde San Joaquín, la caravana abandona la comodidad del pavimento y activamos la tracción a las cuatro ruedas. El terreno se vuelve hostil, suelto, técnico. La ruta nos exige descender con precisión quirúrgica hacia las entrañas del cañón, buscando la histórica y aislada Misión de Bucareli.


El paisaje es abrumador. Pasamos de la frescura del bosque de neblina al calor seco del fondo del cañón en cuestión de kilómetros. Las paredes de roca caliza se levantan a nuestros costados como titanes de piedra, mostrando los caprichos de la tectónica de placas en pliegues y fracturas impresionantes. El polvo vuela, las suspensiones trabajan al límite y el eco de los motores rebota en el abismo.


Justo cuando el GPS nos indica que la silueta inconclusa de la Misión de Bucareli está cerca, la radio rompe el silencio con una voz de alerta de la punta de la caravana: "¡Atención a todos los vehículos, alto total! Tenemos el camino bloqueado."


Al acercarnos, la realidad nos frena en seco. Un monumental derrumbe de rocas gigantescas y lodo ha sepultado la brecha. La Sierra Gorda, viva y en constante cambio por la erosión, ha cerrado el paso. Intentar mover esos bloques de toneladas de peso sin maquinaria es imposible.


Pero en el off-road, un obstáculo es solo el prólogo de una mejor ruta.


Rápidamente cambiamos el plan y nos tenemos que dar vuelta, con maniobras en un estrecho espacio del camino.


El ascenso de regreso es demandante, el sol comienza a caer y el cielo de la Sierra no perdona. Justo cuando estamos a pocos kilómetros de San Joaquín, las nubes colapsan sobre nosotros. Una lluvia intensa, densa y fría, nos recibe con toda la fuerza de la naturaleza serrana.


Lejos de desanimar al grupo, el reto enciende el espíritu campista. Bajo el aguacero, la caravana se mueve como un solo mecanismo bien aceitado, se arman los campamentos, distribuyen las cabañas, se resguardan las familias y participantes mientras se preparan fogatas y asaderos, pronto todos tenemos donde descansar, conversar y disfrutar de los alimentos entre risas y anécdotas del día.


La noche avanza en San Joaquín. Los motores descansan, cubiertos de lodo serrano, listos y con los tanques llenos. Nosotros, con la ropa seca y el estómago lleno, nos retiramos a las tiendas con el sonido de la lluvia de fondo, sabiendo que la Sierra Gorda aún tiene muchos secretos guardados para el amanecer del día de mañana.


Aquel amanecer en San Joaquín nos regaló un paisaje místico. La intensa lluvia de la noche anterior había dejado una densa capa de neblina flotando entre los pinos. El olor a tierra mojada lo inundaba todo mientras, en una coreografía perfecta de movimiento, desmontábamos las casas de campaña mojadas, revisábamos niveles y rellenábamos los tanques de gasolina hasta el tope.


Tras disfrutar un desayuno puramente serrano de barbacoa de borrego jugosa, consomé hirviendo y quesadillas de comal con queso y guisados de la región o lo que algunos prepararon en sus campamentos, nos reunimos en la junta de pilotos. El líder de ruta dio las instrucciones claras sobre las presiones de las llantas y el uso de la 4-Low para el descenso técnico que nos esperaba. Con la adrenalina a tope, encendimos motores.


Nuestro destino: el imponente Cañón de la Angostura, ya en la vertiente de la sierra hidalguense.


Comenzamos el descenso por la sinuosa carretera que muerde los acantilados, perdiendo altura rápidamente mientras el bosque de pinos cedía su lugar a una vegetación de transición más seca. La meta era alcanzar la desviación hacia nuestra ruta de terracería. Al llegar al fondo del valle, cruzamos el imponente puente sobre el Río Moctezuma. Desde las ventanas de los vehículos, el espectáculo era imponente y perturbador: el río corría con un color chocolate espeso, completamente crecido por las brutales lluvias que habían azotado la región alta en las últimas veinticuatro horas.


Dejamos atrás el puente y nos internamos en la brecha de tierra, serpenteando hacia la cuenca del Río Extoraz, el ánimo en el convoy era de pura emoción.


Poco antes de tocar el lecho del Extoraz, la punta del convoy divisó a un grupo de personas a pie. Eran varios motociclistas de enduro. Sus rostros no reflejaban la alegría clásica de la ruta, sino un cansancio extremo, frío y el shock de quien acaba de burlar a la muerte. Al detener la caravana, nos acercamos a ellos y nos narraron la pesadilla que habían vivido la tarde anterior al intentar cubrir la misma ruta que nosotros pretendíamos hacer hoy.


Mientras avanzaban por el estrecho lecho del cañón, los escurrimientos masivos de las montañas circundantes colapsaron en los cañones río arriba. En cuestión de minutos, lo que era un riachuelo manejable se transformó en una muralla de agua marrón. Una crecida súbita bajó con una fuerza descomunal. La corriente no solo llevaba agua; arrastraba árboles enteros, rocas del tamaño de neumáticos y una masa de lodo incontrolable.


La fuerza hidráulica de un río crecido es engañosa: un flujo de agua de apenas 30 centímetros de altura puede arrastrar un vehículo pequeño, y a partir de los 60 centímetros, la mayoría de los vehículos —incluidos los 4x4 pesados— pierden tracción y comienzan a flotar, quedando a merced de los impactos del escombro. Los motociclistas vieron cómo la corriente les arrebataba violentamente varias de sus motos, sus casas de campaña y la totalidad de sus provisiones y reservas de emergencia.


Por puro instinto y suerte, lograron escalar a pie hacia un islote alto, una pequeña elevación de roca dentro del cañón. Allí pasaron una noche infernal bajo la lluvia incesante, empapados, sin luz, sin comida, escuchando el estruendo del agua golpear las paredes del cañón y con el terror constante de que el nivel del agua siguiera subiendo hasta sepultar su único refugio. Al amanecer, cuando el caudal bajó ligeramente, caminaron buscando una salida, y fue ahí donde nuestros caminos se cruzaron.


Escuchar su historia nos puso los pies en la tierra. La geografía de la Sierra Gorda, con sus cañones angostos y paredes casi verticales de roca caliza impermeable, funciona como un gigantesco embudo. Cuando se registran precipitaciones intensas en las partes altas —donde los acumulados de lluvia estacionales fácilmente superan los 100 a 150 mm en tormentas severas— el agua no se absorbe; se desplaza a gran velocidad hacia los fondos de los valles.


En los últimos años, la región de la Sierra Gorda y las cuencas de los ríos Moctezuma y Extoraz han sido testigos de catástrofes climáticas e inundaciones severas debido a fenómenos hidrometeorológicos y frentes fríos estacionarios. Estos eventos suelen provocar el desbordamiento de ríos, desgajamientos de cerros que sepultan comunidades aisladas y el colapso de la infraestructura carretera. Enfrentarse al fondo de un cañón en estas condiciones es una trampa mortal: el espacio de maniobra es nulo y la velocidad con la que sube el agua destruye cualquier posibilidad de escape.


Miramos hacia el frente. Sobre las cumbres de los cañones del Extoraz y la Angostura colgaba una masa densa de nubosidad gris obscura y neblina cerrada. La tormenta en la parte alta seguía descargando agua.


El convoy estaba listo, los fierros respondían y las ganas de aventura eran inmensas. Pero en el off-road verdadero, el mejor piloto no es el que arriesga la vida por capricho, sino el que sabe leer la naturaleza y regresar a casa con su tripulación intacta. El respeto y la prudencia debían prevalecer sobre las decisiones de la diversión. Si continuábamos, nos arriesgábamos a correr la misma suerte o una peor que la de los compañeros motociclistas.


El líder de la ruta tomó el radio y dio la orden definitiva: "Atención a todo el convoy. Por razones de seguridad y salvaguarda de las tripulaciones, la ruta queda oficialmente suspendida. Vamos a dar la vuelta ordenadamente, emprendemos el regreso."


Giramos los vehículos uno a uno sobre la brecha. Dejamos el Cañón de la Angostura para otra ocasión. Nos retiramos con un profundo respeto por la Sierra Gorda, sabiendo que la montaña siempre gana, pero también con la satisfacción de haber tomado la decisión correcta. Los fierros se limpian y las rutas se repiten; la vida, no.


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